>En mi último post subí una captura de la Gruta del Nacimiento en Belén que hice a finales de este agosto.

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Tierra Santa es un lugar increíble y además de la profundidad del viaje en cuestión, encontré lugares y momentos increíbles que fotografiar. Por esto se me ocurrió el otro día comenzar la categoría de Fotografía con una entrada sobre ese lugar y estas otras fotos.

Cuando te bajas del autobús en Belén, después de haber pasado los controles y el gran telón de cemento que separa los dos mundos, el israelí y el palestino; andas por las calles de Belén hasta encontrar lo que parece una fortaleza cristiana. Sólo lo parece, porque en realidad se trata de una de las iglesias más importantes para cualquier cristiano. La apariencia que ha adquirido se debe a ciertas circunstancias exteriores, fácilmente adivinables.

Una pequeña portezuela, que hay que atravesar casi de rodillas, te introduce en la nave de la iglesia, donde empiezas a descubrir de nuevo el poder de estos lugares.

La amplitud de la nave recuerda a las Iglesias latinas, pero en seguida nos damos cuenta de que esas bolas de Navidad gigantes no son demasiado normales ¿Quién pondría esas bolas de plástico? Ni siquiera son de calidad, pero ahí están, colgando de lámparas que han contemplado siglos de historia, siglos de disputas. Porque en Belén, siempre es Navidad.

Cuando uno lleva unos días en Israel se acaba acostumbrando a este tipo de contrastes, a encontrarse lo más sublime, lo más profundo, en simbiosis con lo más cutre, lo más descuidado.

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Los ortodoxos están en misa, a ellos pertenece la mayor parte de esta basílica y se acaban de correr las cortinas de increíbles colores que envuelven al pope en el misterio propio de lo santo.

Cánticos que parecen lamentos se mezclan con el olor de cera de abejas y una larga fila de rusas envueltas en chales horteras espera, a la derecha de la nave principal, para introducirse por una pequeña portezuela, debajo del presbiterio. Ahí abajo, siendo besada desde hace siglos y siglos, espera la piedra donde sucedió la historia que recordaremos esta Nochebuena.

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El habitáculo donde nació Jesucristo es minúsculo: el techo queda oculto entre cientos de lámparas de aceite orientales, las paredes, quemadas en un incendio, están envueltas en telas, tapices de amianto y pinturas que representan a María, San José y al Niño. Y bajo el altar, una estrella marca el lugar: Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est. En este punto, de María Virgen nació Jesucristo. Esa estrella marca el punto exacto, al final de una cueva para ganado.

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El calor agobia, los flashes saltan y las rusas empujan, nos escurrimos al fondo de la pequeña estancia y comienzan los villancicos.

Adeste fideles, laeti triumphantes…

Es agosto, el calor aprieta, pero estamos en Tierra Santa y en Belén nació el Niño Dios, en Belén siempre es Navidad.

 

Encontraréis más fotos en cuenta de Flickr

Por Miguel Ángel Abellanas, de Mente abierta, bolsillos vacíos