Puede verse en nuestra sociedad una sexualización del ambiente, que llega a todos los ámbitos. Esto resulta un grave problema, ya que puede llegar a convertirse en una obsesión, de modo que incluso las personas que llevan una vida generalmente honrada, pueden llegar a ver todos los temas en clave de sexo.

Esta banalización del sexo que ha impregnado la calle se debe a varias razones, pero me gustaría comentar la responsabilidad de los gobiernos en este asunto. Cuando se aprueba una ley que algunos consideran inmoral, otros la justifican alegando que, como vivimos en una democracia, la ley no es más que un reflejo de lo que la sociedad pide, por lo que no habría que culpar tanto al Gobierno sino a la sociedad. Mi profesor de Historia en el colegio decía que el Fuero de Navarra es costumbre hecha ley, y es cierto. Sin embargo, me parece que también sucede lo contrario, que la ley hace la costumbre. Si no fuera así, ¿por qué los partidos políticos españoles se han esforzado tanto en cambiar el sentido de las palabras del ámbito sexual, sustituyéndolas por otras políticamente correctas? Reasignación sexual en vez de trasplante de órganos sexuales, interrupción voluntaria del embarazo en lugar de aborto, derechos en vez de caprichos, elección entre los embriones fecundados in vitro en lugar de selección, y una larga lista de palabras relacionadas con el concepto de ideología de género.

En cualquier caso, el mayor problema no es el hecho de que haya gente que realice obras injustas, sino que se amparen en la ley para justificarse. “La ley lo permite”. Y me pregunto: ¿cómo es posible que, en una sociedad relativista como la nuestra, en la que se niegan los valores, haya al mismo tiempo una actitud de mirar la ley como si fuera algo superior que nos dice lo que está bien y lo que está mal? Entonces pienso en la hipocresía de la ciudadanía, que prefiere no mirar a las miserias de la sociedad, tal vez porque no se ven capaces de resolverlas, o tal vez porque prefieren no complicarse demasiado la vida. Sí, hipocresía, como cuando se considera una muestra de igualdad asegurar el derecho a abortar de la mujer, pero al mismo tiempo nadie se preocupa por la ayuda que necesita la mujer para ejercer su derecho a dar a luz cuando no puede hacerlo porque no tiene los medios suficientes o por la presión del ambiente.

Por otro lado, los que critican la pornografía y otras prácticas banales del sexo tienden a hablar de la degradación de la mujer, que es utilizada como objeto, rebajando así su dignidad. Pero creo que el problema que afecta a la sociedad en conjunto no está sólo en las personas que son utilizadas, sino sobre todo en las personas que utilizan, porque cada participación o aprobación de una actitud así tiene un efecto devastador en la persona que la lleva a cabo, ya sea por su cuenta o por medio de otras personas, ya sea varón o mujer, menor o adulto, erudito o con poca formación. Cada persona que banaliza el sexo se realiza un daño a sí misma, porque se equivoca en el camino de la felicidad y pierde capacidad de amar, de entregarse, y se va creando una necesidad de usar el sexo, en cuya espiral cae cada vez más sin saber muy bien por qué, sin tener una verdadera razón para ello.

Creo que el reto que tenemos los jóvenes, que somos los que vamos cambiar la sociedad, está en detenernos a pensar sobre cómo vivir todas las cosas de un modo más calmado, para ser capaces de discernir en cada momento la manera en que cada cosa debe ser utilizada y el modo en que cada persona debe ser tratada, para disfrutarlas con la cabeza –haciendo el bien– y con el corazón –tratando de ser felices.