CÉSAR DEBE MORIR (Paolo y Vittorio Taviani, 2012)

Sobre el escenario, emerge de entre las sombras la figura de Bruto, sumido en la desesperación. Sus viejos amigos, fieros combatientes en la fracasada batalla de Filipos, le rodean. Bruto les suplica, uno a uno, que le ayuden a acabar con su vida. Finalmente es Estratón quien accede y, al tiempo que da la mano a su señor, le asesta una puñalada mortal. El cuerpo del conspirador es rodeado por Antonio y Octavio, sus enemigos. “¡Este era un hombre!”, reconocen.

        De pronto, las luces se encienden y el rumor del público estalla en efusivos aplausos. Los actores saludan cuando, de pronto, son rodeados por un grupo de policías italianos. ¿Qué sucede? No estamos en un teatro al uso, sino en una cárcel. Los actores que interpretan a conspiradores y homicidas también cargan con crímenes a sus espaldas. Nos encontramos en la sección de alta seguridad de la cárcel de Rebibbia, emplazada en los suburbios de Roma.
        La apuesta de los hermanos Taviani no tiene precedentes. En poco más de una hora, nos hacen partícipes de un drama humano en todos los sentidos. César debe morir tiene como protagonistas a reclusos de carne y hueso –algunos condenados por tráfico de drogas, crimen organizado, incluso por homicidio- que deciden representar, tras los muros de la prisión, Julio César, de William Shakespeare. En este caso, el drama es escenificado dentro de otro drama, y los actores, que interpretan a personajes atormentados, no están exentos de sus propias angustias. Así pues, la película logra fundir admirablemente las fronteras entre la realidad y la ficción, de modo que no sabemos cuándo se está aludiendo a la realidad de la prisión y cuándo a la tragedia de Shakespeare. La teatralización de la dura realidad carcelaria podría fácilmente caer en un dramatismo frívolo y sensiblero. No ocurre así en la cinta de los hermanos Taviani, pues los cineastas logran ahondar en el mundo carcelario con un respeto y una hondura mucho mayor, quizá, de la que pueda lograr un reportaje convencional.
Foto: http://nadameesajeno.blogspot.com.es/

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   “La belleza salvará al mundo”, había afirmado Dostoievski años atrás. La belleza contenida en la obra del dramaturgo inglés, elevada en este caso por las interpretaciones magistrales de los reclusos, es algo casi palpable. La belleza de mostrar sin tapujos la miseria y la grandeza de unos hombres que logran sobreponerse a sus propios dramas para contar al mundo un drama universal. Es esa belleza –tan alejada de una estética efectista y aparente- la que nos lleva a aceptar los crímenes del hombre –y de esos hombres en concreto- al tiempo que nos conduce al pasmo frente a la grandeza, frente a la dignidad del espíritu humano.
Considero que en esta película refleja de modo claro el hecho de que toda persona humana, a pesar de los crímenes que haya cometido, encierra en su interior algo único e irrepetible. Una dignidad muy alta, que difícilmente puede ser ahogada por ningún crimen. En cierto modo, César debe morir consigue plasmar esa redención por lo bello de la que hablaba el escritor ruso. Una belleza que, si bien nos asombra, también nos hiere, pues abre nuestra mirada a realidades más hondas, en ocasiones dolorosas. Es esta paradoja la que lleva a uno de los presos a confesar que “desde que he conocido el arte, mi celda se ha convertido en una cárcel”.