Se acerca ese merecido descanso.

En mi Universidad los exámenes del final del semestre son en diciembre y, aunque no lo fueran, estoy convencido de que todos mis compañeros y yo estamos desde hace días con la mirada puesta en la noche del 24 al 25 de diciembre.

Esta, la Navidad, me parece una excusa increíblemente buena para descorrer la cortina del vacío en este blog y comenzar a llenarlo de tonterías e ideas felices.

Es un tema archi-manido. Ha servido para que decenas de guionistas mediocres de USA se hinchen a hacer películas de bajo presupuesto, ha sido trending-topic de cientos de redacciones de niños en colegios por todo el mundo y nos ha venido a la cabeza cada año al envolver el árbol de plástico en el espumillón más hortera. Pero pienso que no por ello nos podemos dejar de preguntar, si esas ansias locas por turrón y champán no están un poco alejadas del verdadero espíritu de estas fiestas.

¿Qué es la Navidad? ¿Qué celebramos el 25 de diciembre?

Muchos ni siquiera saben con certeza por qué no se deciden a abandonar esta celebración altamente religiosa, a pesar de que hace años que dejaron la práctica. Todos nos damos cuenta de que estas fiestas son una ocasión de oro para juntarnos en familia, ser felices y comer hasta reventar.

Esto es lo que me ha parecido curiosamente interesante: todo el mundo quiere pasar estas fiestas con su familia, con la gente que quiere.

Está claro que en muchos ambientes esta celebración ya no tiene un sentido cristiano; se ha sustituido un recién nacido indefenso por un viejo gordo y adorable. A pesar de todo, hay algo que se conserva: la ilusión por la reunión, la ilusión por disfrutar en familia.

Pienso que es otra de las grandes cosas que tenemos y no podemos perder, un axioma que pasa de generación en generación: las grandes fiestas se celebran en familia. Y quizás sea en nuestra familia, donde escuchemos de labios del abuelo o de nuestra madre, aquella lejana historia que dio origen a una fiesta tan estupenda.

Feliz preparación

 

Cedido por Mente abierta, bolsillos vacíos