“Leemos para saber que no estamos solos”

Con esta sorprendente frase, provinente del padre de un alumno por el que nadie pagaría un duro, pero que luego acertó el camino, Clive Staples Lewis concluye alguno de sus pensamientos.

La historia de Tierras de penumbra trata sobre el sufrimiento, sí, pero es ante todo una historia de amor. Ambas caras de la moneda se muestran perfectamente en esta obra de arte cinematográfica del director Richard Attenborough, con unas interpretaciones magistrales. Una película de cine clásico, sin duda, en la que hasta el comportamiento de la cámara rezuma elegancia.

Lewis no era un hipócrita cuando hablaba convencido antes de haberse enfrentado con la dura realidad del sufrimiento. Sencillamente, no era consciente de la fuerza de los temas que trataba en sus discursos en Oxford. Es elogiable su afán de vivir, de ir directo hacia la verdad, como requisito indispensable para alcanzar la felicidad. En palabras de Thoreau: “Antes que el amor, el dinero, la fe, la fama y la justicia, dadme la verdad”. A pesar de su edad, Lewis no duda en abrir las puertas a un enamoramiento que podría parecer demasiado juvenil e inapropiado para un caballero de tal posición social y erudición humana. Lewis era todo un sir.

Desde el momento en que conoce a Joy -su futura esposa-, sabe en su interior que tras esa persona hay algo más que una admiradora: hay un alter ego, un alguien que le comprende, que le quiere, que le conoce mejor que él mismo. Y ella, joven norteamericana, parece chocar de frente con el carácter de Clive cuando entra en el bar y le llama con gran voz, de modo que todo el mundo se da cuenta. Sin embargo, esa es la manera de acercarse al ser más profundo de Lewis. Con su voz está llamando al Lewis joven de espíritu, el que no se preocupa por las tontas apariencias, sino por la persona que tiene enfrente de sí, como se ve conforme avanza la trama de la película.

Resulta sobrecogedor percibir el acercamiento progresivo entre los dos. Comienzan por casarse “técnicamente” pero, técnicamente, no funciona. Luego pasan a quererse el uno al otro, y es entonces cuando deciden casarse ante Dios y ante el mundo. Su convicción es tal y su alegría tan firme que necesitan manifestar ese cariño.

“El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces"… Fotograma de la película.

“El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces”… Fotograma de la película.

Cuando ella enferma de cáncer se produce un cambio radical en el interior de “Jack” -Lewis-. No quieren perderse porque se necesitan, porque cada uno es la razón de vivir del otro. Surge una gran incomprensión de la realidad y de los designios de Dios. ¿Qué pretende? ¿Por qué hace eso? Preguntas que cualquiera podría plantearse ante la aparición de un sufrimiento sin sentido. Y, sin embrago, no todas las personas reaccionan del mismo modo. Lewis, en una situación similar durante su infancia, eligió la seguridad. Más adelante, siendo consciente de que el haberse erigido como un fin por encima de todo no ha sido el camino adecuado, elige el amor, que lleva consigo el sufrimiento y la inseguridad. Es así como es el amor. “El amor es peligro, el amor es placer; el amor es puro, el único tesoro”, como decía aquel single arrebatador de Frankie Goes To Hollywood en el 84. Pero estas consideraciones no deberían llevar al terrible error de pensar que el amor es una sensación extraña, mezcla de sentimientos agridulces. Es, desde siempre, aquello que todos buscan para tener una vida plena, sean o no conscientes de lo que están buscando.

“Todos estamos en tierras de penumbra”, pero esa es buena señal. La sombra sólo existe cuando hay una luz detrás; el sufrimiento del que se entrega es signo de que tiene amor.