“El miedo a la muerte se podría describir como el temor a no poder llegar a ser quien uno pensaba ser”.

Dicen que Tren de noche a Lisboa en una película floja. Dicen que tiene demasiados diálogos, y que a veces los actores sobreactuan un poco. Es cierto, pero son buenos actores. A mí me gustó bastante tanto la historia como la película. Es genial la capacidad de Bille August de transmitirte exactamente los sentimientos que él tiene, y que tratan sobre cuestiones humanas complejas y muy concretas, nada fáciles de contar y conseguir que el espectador capte justo lo que le quieres contar.

En cualquier caso, he quedado totalmente cautivado por la historia de Amadeu como escritor y como persona, que, al fin y al cabo, es lo mismo, ¿no? Digo yo, pues un escritor ocasional que habla sobre “la vida” -como señala Estefania– que está tratando de construir, no relata sino un reflejo de sus reflexiones y vivencias más personales. Todas esas citas que salen a lo largo de la película señalando los propósitos y frustraciones que un alma experimenta con el paso de los años, las ganas radicales de construir una vida verdadera y en cierto modo novedosa, la visión de la relación con su novia como un medio para construir la vida interior de los dos; todo eso es fruto del análisis de la vida propia en su pasado y en su presente. Por eso, esta historia podría emocionar a cualquiera, porque habla de elementos comunes en la vida de las personas.

Cuando terminé de ver la película, alguien comentó que Amadeu era llamativamente maduro para su edad, y que era una maravilla que hubiera sido capaz de llegar a las unas conclusiones existenciales a las que, por lo visto, sólo se llega cuando uno es mayor… No estoy de acuerdo. No es sólo cuestión de tiempo. Depende de otras cosas. De hecho, creo que lo propio de escribir lo que escribe Amadeu, es escribirlo precisamente en plena juventud, que es cuando todavía somos idealistas, cuando todavía invertimos energías en el pensamiento sobre quién soy, qué he hecho, qué quiero o puedo hacer.

Claro que, para poder escribir algo como Un orfebre de las palabras, no basta con ser joven: hace falta tener cierta sensibilidad y haber hecho esfuerzos por comprenderse a uno mismo. Tal vez también sea necesario haber sufrido un poco en la vida, al menos interiormente; eso ayuda a plantearse las cosas con mayor profundidad. Nos deja de piedra -o nos sorprende un poco, si no somos jóvenes- cómo Amadeu habla de una vida frustrada, en la que ya nunca llegará a ser como él quiere ser. Estas palabras duras con las que podríamos identificarnos en algunos aspectos de nuestra vida, son palabras típicas de un escritor, de un artista, de alguien que es radicalmente inconformista con la vida porque es capaz de ver la parte más bella de la realidad personal y exterior. Y esto, digo, no hace falta ser viejo para darse cuenta de ello. Sólo hace falta mirar la realidad con otros ojos.

“Los campos son más verdes en su descripción que en su verde natural”.

Citando El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, el protagonista expresa lo que he tratado de explicar en el párrafo anterior. Y añade que no todos pueden entender esta frase. Se refiere a la forma en que recordamos a las personas y a nosotros mismos, en relación con las distintas etapas de nuestra vida.

En cierto modo, Amadeu me recordó a Alexander Supertramp, el protagonista de Hacia rutas salvajes. Son personajes muy distintos, pero ambos tratan de construirse a sí mismos a través de su relación consigo mismos y con los demás. Alexander lo intenta especialmente en soledad, buscando lo esencial de su persona. Amadeu, en cambio, trata de reconstruirse a través de su relación con Estefania, a quien propone estar juntos toda la vida. Pero ella le dice que no está preparada para compartir un viaje que, en palabras de ella, no es un viaje hacia ella sino hacia él mismo y hacia “la vida” o algo así, porque Estefania no es capaz de comprender que Amadeu, que trata de redimirse en esa relación, no busca su propio egoísmo al invitarla a irse juntos a algún sitio perdido, sino que lo hace porque es lo que quiere para los dos, es lo mejor que él cree que pueda haber para los dos. Él, en medio de su frustración vital, había encontrado algo que compensaba todo lo demás: su amor por Estefania. Pero ella espera que él la ame y ya está, como si amar fuera simplemente mantener una relación de obras, y no la unión absoluta de dos personas, como debería ser en este caso. Él quiere todo, pero ella no entiende nada… De nuevo, frustración.

Foto: Sam Emerson / Concorde Filmverleih.

Foto: Sam Emerson / Concorde Filmverleih.

¿Y nosotros? ¿Y si no encontráramos lo que necesitamos, como le sucedió a Amadeu? Entonces más vale montárselo bien, aunque sea para mitigar la soledad. Mucha gente vive así, y no es algo que derive del ateísmo, como comentaba otro al final de la película, tratando de explicar que los ateos están solos y frustrados porque no tienen un Dios que les ame y les comprenda. Sí… pero no. La vida trae sus propias decepciones, la vida no perdona. El pasado pesa, y a veces tenemos razón cuando perdemos la esperanza de poder cambiar algunas cosas del futuro. Pero aquel tenía razón en una cosa: sólo el amor nos cura. Ninguna otra cosa soluciona una vida frustrada.